"Todo daba una impresión de letargo profundo...Las casas blancas, azules, amarillas, de rosa pálido, de crema, cerradas herméticamente, parecían abandonadas; los zaguanes, regados, chorreaban agua; se olía vagamente a flores, y un perfume penetrante de azahar salía de los patios y de los huertos."

Quintín regresa a su Córdoba natal después de haber estado estudiando en Eton, Inglaterra. Allí encuentra una ciudad que no ha cambiado desde su conflictiva infancia. Sin trabajo ni pretensiones de trabajar...
"si alguna vez llegaba a ser rico, preferiría deber su dinero a la casualidad que no al esfuerzo constante, y que trabajar, como hacían los ingleses, para que sus mujeres se divirtieran y vivieran bien, era una tontería, por muy rubias, por muy bonitas y por mucha voz aflautada que tuviesen."
...Quintín se codea con toda la chusma de la ciudad por garitos y tabernas: el Manano, el Sardino, el Rano, el Animero, Bocanegra, el Ahorcado...intentando labrarse un futuro mediante timos y triquiñuelas.
Erudito, ingenioso, holgazán, dubitativo, bravucón, Quintín se nos dibuja como un personaje ambiguo, difícil de calar. Pese a todo, el lector se acaba encariñando, aunque sólo sea para perderse con él en los intrincados callejones cordobeses, magistralmente descritos por
Pío Baroja:
"...la cancela destacaba sus labrados y flores de hierro sobre la claridad brillante de un patio espléndido, de sueño, con arcos en derredor y jardineras colgadas desde el techo de los corredores, y en medio de una taza de mármol, un surtidor de agua cristalina se elevaba en el aire."
La Feria de los Discretos es un libro raro. Al igual que su protagonista, no sabes muy bien por donde te puede salir. A veces parece que estamos ante una novela costumbrista con un deje melancólico (recordando a otras obras del autor como El Árbol de la Ciencia); otras veces, en cambio, uno tiene la impresión de estar leyendo una mezcla entre El Lazarillo de Tormes y Zalacaín el Aventurero, todo picardía, acción y conspiración.
Lo que nunca falta es un soberbio uso del lenguaje, especialmente en la descripción de los personajes con minuciosos detalles, convirtiendo a una veintena de palabras en personas tangibles:
"Era este señor un hombre obeso, una especie de cachalote, con las facciones abultadas, propias de un hidrópico; la piel reluciente y la voz de eunuco. Tenía una nariz microscópica, que naufragaba entre los dos mofletes, de una palidez amarillenta; unas patillas de boca de hacha tan negras que parecían pintadas con tinta, y un pelo duro, azulado, nacido sobre la frente, con un pico sobre las cejas. Llevaba brillantes en la pechera, sortijas en los dedos amorcillados y, para acabar de ser molesto, fumaba un puro kilométrico con su correspondiente anilla"
La brillante forma de escribir de Baroja, junto con la satisfacción de ver como una historia se desenvuelve en tu ciudad natal descrita con tanto acierto, ya son atractivos más que suficientes para que el libro me gustara. Si a ésto unimos un argumento ingenioso y divertido —aunque algo errático— y unos personajes muy humanos, no queda otra alternativa que rendirse ante la evidencia. La feria de los discretos es un libro imprescindible si te gusta la buena literatura y la forma de escribir de uno de los más ilustres representantes de la generación del 98.